jueves, 12 de mayo de 2016

Tomo un café en el dulce sabor de la mañana, sentada en cierta mesa junto a la ventana, para observar como la gente pasa, gente apresurada.
No se si yo me encuentro en un mundo diferente o son ellos quienes se alejan de la vida. Y tengo miedo de saberlo.
El sol está, pero no alumbra ni da calor.
Una mujer toma fotos en la esquina. Analógicas. Me gusta verla, quizás dentro de esa cámara existe otro mundo igual al mío. 
Un hombre en la mesa de enfrente abre un libro de poesías. Hermoso.
Poca gente en la calle, tal vez todavía es muy temprano.
En mi plato hay dos medialunas intactas. Por ahora no deseo comerlas.
El ambiente cálido del lugar me abraza. Por la ventana junto a mí entran unos rayos de sol, que dan directo a mi mano que escribe sobre el cuaderno, solo ahí, como iluminando las palabras. 
Una pareja adulta se sienta a unos metros, es un lugar pequeño pero hermoso, hablan sobre la juventud, quizás de sus nietos, sólo escucho algunas palabras. 
Hay música de jazz muy tenue.
Los comercios de alrededor comienzan a abrir. La calle sigue un poco vacía.
Miro la taza a mi lado, tiene un poco más de la mitad, bebo. Está casi frío. 
Es otoño, pero en la vereda de enfrente hay un edificio con flores en sus ventanas. Una mujer, vestida de rojo, se asoma por el balcón y echa agua sobre ellas.
El aroma a café hace que quiera quedarme para siempre en uno de ellos.
Contemplo el techo, el suelo, las paredes, las lámparas, el mostrador, el mozo, la máquina de hacer café. Observo mis pies, mis mano izquierda manchada de tinta, mi letra mezclada con palabras tachadas. Me detengo en cada rostro que hay, anhelo conocer la historia de cada persona a través de su mirada.
Una pequeña entra con su abuelo de la mano, detiene la calma del lugar, desprende energía. Ya no soy la mas chica del salón, ahora tengo compañía. 
Me mira y sonríe, saluda a todos con su diminuta mano.
La calle comienza a poblarse y el lugar donde estoy también. Las personas que estaban a mi lado partieron hace tiempo, y el mozo recoge los restos de aquellas mesas.
Sigo en mi esquina junto a la ventana, ahora la luz del sol alcanza a darme hasta el cuello. 
Estoy casi hundida en la silla, con un cuaderno sobre la mesa y un libro que hojeo de vez en cuando.
Casi olvido que a mi taza todavía le queda un poco. Bebo. Sí, está helado. Termino de beber.
Me gustan las manchas que quedan en el interior de la taza. Casi como dibujos. Giro la taza entre mis manos. 
En el fondo quedan restos de azúcar que parecen bailar en la borra del café. Deseo meterme con ellas y danzar un poco; es casi como si fueran al ritmo de la música.

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