miércoles, 30 de octubre de 2013

Cuantas veces nos vemos expuestos al mundo, frente a un torrente de sentimientos, de miradas, de enfoques diferentes que se unen a nosotros por medio de infinitas constelaciones que chocan paralelamente a los rayos de luz, a las gotas de lluvia, a las palabras. Equilibrando el cuerpo con el alma, alineando las estrellas con nuestros ojos, fusilando nuestra mente para sentir. Para sentir cada rincón de nuestro ser interior, un ser de luz, una luz radiante como la luna, una luz capaz de traspasar las barreras de prohibición, una luz que lleva consigo a nuestro cuerpo, nuestro cuerpo de materia pesada que no seria mas que eso si esta luz se apagase, si culminara su luminosidad, si tan solo muriera lentamente, como mueren las estrellas del universo. Porque el universo no esta lejos, está en el centro de nuestro cuerpo, un centro enérgico, como un mandala, equilibrando el espíritu y la purificación del alma de quienes meditan con ella. Un universo cargado de pequeños mundos, de pequeñas dimensiones, de inimaginables asteroides dentro de billones de galaxias que se concentran en una sola, en la que los sentimientos y el espacio no encuentran fin, donde los planetas y las palabras fluyen en las vías de la exactitud, donde el ser de luz se expande y nos cubre todo el cuerpo inundándonos de saber. En nuestra propia mente.